
Pintura
de Pedro Figari.
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Por Jorge Marziali
Algunos
observadores de la dinámica social creen ver en estos días el
comienzo de un cambio cultural en nuestra clase dirigente, que
no es sólo la política. Creen ver una resignada, asustada (¿y
culposa?) mirada hacia adentro del país, posiblemente para tratar
de encontrar una tabla a donde asirse.
Están mirando más hacia adentro, dicen. Incluso los de adentro,
deliro yo.
Algunos intelectuales nacionales vienen advirtiendo sobre la
necesidad de esa mirada hacia adentro desde hace mucho. Se ha
dicho y escrito bastante sobre el asunto, aunque lo ignoren
cientos de miles de profesionales "universitarios" que, por
lo menos desde la última dictadura, han sido formados en la
creencia de que la historia de la Patria comienza cuando ellos
concurren, por primera vez, a un "macdonald". Los inquietos
que se cansan pronto y quieran ver esa advertencia pueden remitirse
a Scalabrini o a Jauretche.
Yo prefiero hoy rescatar parte de las señales que viene tirando
Aníbal Ford, no sólo porque está vivo sino porque sus definiciones
sobre las consecuencias de mirar para otro lado contienen términos
y ejemplos fácilmente reconocibles en esta corta era de multimedias
interactivas y ordenadores con lectoras de mp3.
En una entrevista concedida, hace un tiempo, a la revista "Milenio",
del Instituto de Estudios sobre Estado y Participación, que
auspicia la CTA, dice Ford que "Argentina tiene un bajo caudal
de información sobre sí misma; sobre su territorio, su población,
su cultura. En esa ignorancia aparece uno de los prejuicios
que más nos han perjudicado, que es el de creer que todo lo
nacional es, de alguna manera, no vendible, que no tiene mercado,
que no es negocio".
Aunque esa definición pueda parecer preocupante sólo para economistas
y comerciantes, cuando vamos a las causas de esa epidemia que
son la ignorancia y el desprecio por nosotros mismos, aparece
la función de los intelectuales, los artistas, los pensadores.
No se generan proyectos nacionales, entre otras cosas, "porque
los intelectuales que tienen la posibilidad de producir mensajes
de ese carácter no lo hacen, como parte de una dependencia ideológica",
dice Ford.
Es en este punto donde convergen la preocupación de los pensadores
nacionales con las cantadas intenciones de mi trabajo de creador
y difusor de canciones de estos tiempos.
La Patria y la chicana del “nazionalismo”
Hace unos años me preguntaron sobre la posibilidad de estar
coqueteando con las ideas fascistas por mi recurrente vocación
de hablar de Patria, de lo nacional, arriba y abajo del escenario.
Dije entonces (y lo repienso) que lo que no hacen los intelectuales
y mucho menos los medios es clarificar sus propias ideas sobre
la Patria y luego "bajarlas" a los lectores, sin prejuicios,
sin vergüenzas adquiridas en la escuela o en los propios medios
que participan en su formación.
Dije también que el término "Patria" cayó hace mucho tiempo
en manos de unos tipos que confunden Patria con tierra; pero
no la madre tierra, sino aquella que puede venderse y comprarse
en las inmobiliarias. Los terratenientes se convirtieron en
"patriatenientes". Mientras, algunos sectores pseudoprogresistas
descreen (de alguna manera con razón) de todo lo que tenga que
ver con la Patria y en vez de recuperar el término, su significado,
para los que dicen representar, permiten que otras patrias avancen
culturalmente sobre la nuestra, no con intenciones de convivir
sino con intenciones de dominar. Los obnubila el arte de cualquier
patria menos el de la propia. Y como lo niegan, no lo conocen.
Esos mismos intelectuales colonizados que denuncia Aníbal Ford
y que uno deschava cada vez que puede, han comprado la idea
de que el patriotismo es, parafraseando a Marx, el opio de los
pueblos. Yo estaría de acuerdo con eso, si el patriotismo significara
que todos piensen igual que el "patriateniente". Los griegos
decían que el oráculo más cierto es el que ordena defender la
Patria. No se trata de exaltar el valor de la Patria como exclusivo.
Creo que el amor a la Patria y el amor a la humanidad no se
excluyen; sin el primero no se puede demostrar el segundo.
Durante años el patriotismo cultural ha sido sutilmente emparentado,
por colonización, al nacionalismo y este último, naturalmente,
al nazismo. Pero eso sucede solamente aquí. A nadie en Estados
Unidos se le ocurriría tildar de nazi a quien quiera cantar,
en inglés, asuntos de la humanidad con una mirada estadounidense,
como nadie le dice fascista a Compay Segundo, en Cuba.
Si es cierto lo que decíamos en las primeras líneas, ese retardado
mirar hacia adentro le mostrará a la dirigencia una cultura
metropolitana negadora del país; un país que los provincianos
hemos visto (y sufrido) desde la cuna . Entonces es necesario
avisarles sobre lo que van a ver cuando esa mirada sea algo
más que un intento de atrapar el pasamanos para "zafar" durante
este choque que deseamos coyuntural.
Cambiar las rutas del flujo cultural
Vuelvo a Aníbal Ford: "Buenos Aires y sus capas medias son el
centro rector de la Cultura en la Argentina y va a ser muy difícil
modificar su esquema araña si no se modifica la estructura económica.
Es muy difícil que las provincias tengan producción cultural
propia si no se desarrollan económicamente. Es muy difícil que
haya federalismo si no hay igualdad de regiones y un proyecto
económico global y articulado".
En lo estrictamente cultural, Ford cree que "hay una desvalorización
temática del país que no se resuelve con nacionalismos folklóricos
y metafísicos sobre el ser nacional ni con el documentalismo
antropológico. La situación se revierte con una política que
cambie las rutas del flujo cultural, desde el teleteatro a la
información, del humor y los híbridos musicales a las historias
sociales y económicas del interior, descentralizándolo de las
capas medias del mercado porteño".
Entonces los dirigentes que quieran mirar hacia adentro, en
lo cultural, tendrán que dejar de avergonzarse del sainete y
del grotesco en el teatro, de la artesanía surgida de la mezcla
de lo nativo con lo exótico, de la música criolla en sus diversas
ramas evolutivas, de los plásticos que no quieren ser Van Gogh
sino encontrar respeto para el muralismo, de las murgas y su
dinámica comunicadora. Porque eso (y mucho más) es lo que nosotros
sabemos hacer desde que nos animamos a mirar el mundo con ojos
propios, reconociéndonos como el resultado de un cruce cultural
que es prestigioso, aunque los "inteligentes" formados en la
cultura de la hamburguesa no lo puedan ver.
Los dirigentes que descubran el país real deberán alentar la
formación de intelectuales nacionales para que, cuando alguien
hable de la Patria en sus obras, esos intelectuales llamados
a interpretar la realidad cotidiana entiendan, sin avergonzarse,
que lo que uno está diciendo es lo que una vez nos enseñaron
en la escuela: "amo a mi mamá" y estoy orgulloso de ella, aunque
existan mamás "más mejores", como dicen en la tele.
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